21/1/17

POLÍTICA Y REDENCIÓN

Quisiera hacer dos consideraciones muy breves a propósito del binomio que encabeza este artículo. Hay un documento del Concilio Vaticano II llamado la “Dei Verbum”. En él se afirma que la redención del género humano se llevó a cabo mediante hechos y palabras intrínsecamente relacionados: cada uno de los hechos confirman y cumplen las palabras reveladas y, a su vez, las palabras confirman y esclarecen los hechos que hicieron posible la salvación de los hombres. Es una descripción que puede aplicarse perfectamente a la política, disciplina que consiste, esencialmente, en el ejercicio de acciones y discursos intrínsecamente relacionados. El político convoca a las mayorías para algo: sus palabras mueven a la acción y deben encarnar un proyecto específico. Si esto es así, entonces, la política participa, de alguna manera, en la misión redentora y liberadora de los pueblos. 

Redimir significa recuperar, rescatar, liberar. Se trata de una acción que no puede quedarse en palabras pues no cumpliría su efecto. Debe producir un cambio de situación: Finiquitar, salvar o cancelar un estado de las cosas negativo y nocivo. Si no lo hace, habría fracasado en su misión.  Quizás la ineficacia en política obedezca a ese creciente alejamiento entre los hechos y las palabras: se dice una cosa, se apela a unos valores concretos, se convoca al pueblo para que haga y se comporte conforme a esos valores, pero luego los políticos viven y hacen exactamente lo contrario. Un ejemplo claro lo tenemos en las continuas llamadas al diálogo, a la reconciliación y a la unidad (palabras), mientras que las obras se van alejando notablemente de estas definiciones. El cáncer del odio político se reproduce, como bien lo vaticinó nuestro Cecilio Acosta.

La desvinculación entre hechos y palabras origina decepción y desesperanza. Tal vez sea ésa la razón por la cual el liderazgo político en Venezuela viene en franca decadencia. Sólo recuperando la coherencia entre el discurso y las obras se puede realmente rescatar el sendero del bien común que es el oficio y la misión de la Política.

Otra semejanza entre política y redención la encontramos en la economía. Se habla de una Economía de la Salvación –no salvación de la economía– a una serie de mecanismos de distribución y administración de los bienes salvíficos. La Economía de la Salvación significa que los hechos y las palabras que hicieron posible la redención del género humano deben llegar a todos los hombres sin excepción porque es para ellos, para todos. Asimismo, la política debe ejercerse con visión de administradores fieles, prudentes, transparentes, generosos, que no buscan bienes para sí mismos, sino para los demás, porque esos bienes comunes no pertenecen a un grupito de individuos sino al colectivo.

Estas dos breves consideraciones, quizás demasiado teóricas, pueden ayudar a entender por qué en Venezuela urge recuperar el sentido auténtico y vocacional de la política. De lo contrario, seguiremos despilfarrando y destruyendo el maravilloso legado que heredamos de la generación política que hizo posible los años de democracia y República Civil.  

@mercedesmalave

14/10/16

La indisciplina


Continuando con estas reflexiones seriadas, le toca el turno a la indisciplina. En nuestro país existen tantas obras sin concluir, tantos proyectos sin ejecutar y tantas ideas geniales sin iniciar, que uno tiende a pensar que tenemos un problema de disciplina.

4/10/16

El desprecio por la ética



Hace una semana escribía que el desprecio por la lógica oculta el desprecio por la verdad. Ahora quiero hablar de la ética y su desprecio, que esconde el menosprecio por la libertad, un don maravilloso que tenemos los seres humanos.

27/9/16

El desprecio por la lógica

Los griegos inventaron el método y la lógica como consecuencia de su amor a la verdad. Repito esta idea porque me parece importante: tanto la lógica como el método son instrumentos al servicio de la verdad, pero sin ellos es muy difícil, prácticamente imposible, alcanzarla. Por eso, despreciar la lógica equivale a mostrar desinterés o desprecio por la verdad.

7/4/16

Con el temple del bambú

De la sabiduría oriental nos llega este proverbio: “Sé fuerte y flexible como el bambú que se dobla pero no se parte”. El roble, que se caracteriza por su gran robustez y firmeza, no es capaz de resistir los embates de una fuerte tempestad, sino el bambú que, por su gran flexibilidad puede doblarse sin partirse y mucho menos arrancarse de raíz. De nada sirve ser duro y estático si tarde o temprano nos quebramos o desarraigamos. Pasada la tormenta, sólo queda en pie el bambú delgado y liviano que, vacío de sí mismo, mantuvo firmes sus raíces a pesar de la tormenta.

Esta sencilla metáfora podemos aplicarla al dirigente demócrata-cristiano que desee prevalecer en el juego político manteniendo intactos sus principios éticos y doctrinales. En tiempos de dificultad como los que estamos viviendo, los robles duros son incapaces de mostrar segura resistencia. A veces confundimos posturas y principios fuertes, con dureza e intransigencia de carácter. Nada más lejano de eso. La verdad y la prudencia no exigen inflexibilidad sino adecuación de los valores y principios a las realidades concretas.
En lugar de asumir nuestra condición con la dureza del roble, el reto que se nos presenta es el de aprender a conjugar esa doble cualidad de fortaleza y flexibilidad del bambú. El Papa Francisco ha hecho enormes esfuerzos por abrir el corazón de los cristianos hacia el respeto y la acogida de todas las personas independientemente de sus posiciones, ideas, procedencias, creencias, etc.

En segundo lugar, la fortaleza se practica mediante dos actos complementarios: atacar y resistir. Sin duda, las propiedades del bambú nos invitan a pensar en la resistencia, la paciencia y lo que es más importante para vivir en la verdad: la humildad. Nos partimos cuando no somos capaces de resistir los embates de la política, cuando estamos tan llenos de nosotros mismos –soberbia, rencores, egos, temores, intereses, etc.–, que estamos tan pesados como el roble. El peso que debemos tener es el de nuestros ideales. “No se le puede prender una vela a San Miguel y otra al diablo” dice un adagio popular. En nuestra conducta política no puede haber dobles discursos ni principios de conducta que sean opuestos entre si. No podemos predicar ideas en los mítines y acciones y decisiones políticas que reflejan lo contrario. Deponer intereses, doblarnos, inclinarnos hacia lo mejor, lo más verdadero y justo aunque eso implique sacrificios y buena dosis humildad. Ése debe ser el temple de un dirigente socialcristiano.            

29/3/16

Carisma y Jerarquía

A la gloriosa JRC 

Acabo de leer una entrevista de Hugo Prieto al artista plástico Nelson Garrido (Premio Nacional de Artes Plásticas, 1991). El título del artículo es “Aquí hay una gran memoria para olvidar”, sin embargo, no es de la memoria, precisamente, de lo que voy a tratar, sino de otro tema que aparece recurrentemente en la entrevista: la rebeldía, la subversión y la revolución. 

El artista plástico no duda en hacer una afirmación radicalmente cierta en los tiempos que vivimos: “Subversivo, revolucionario, todas esas palabras son como la bandera, la patria… cada vez más esas palabras se han ido devaluando a unos niveles extremos, en un momento donde no tienes una opción sino de ruptura”. Estas primeras consideraciones me llevan a pensar en la enorme responsabilidad que tenemos, como demócratas y como cristianos, de devolverle el sentido verdadero y existencial a esa postura de rebeldía y de inconformidad ante todo lo que no marcha bien o ante lo que podría marchar mucho mejor. Una rebeldía que no conduzca a la ruptura, sinónimo de muerte y descomposición, sino a una vida más plena, en lo personal y en lo social. 

Muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia se han sentido motivados por la imagen de Jesucristo revolucionario. Ciertamente, Jesús de Nazaret se enfrentó al poder, civil y religioso, hasta el punto de ser condenado a muerte con el peor castigo que podía recibir un transgresor máximo del orden y de las leyes. Sin embargo, cometeríamos un error si pensásemos que la rebelión de Jesús perseguía fines humanos o meramente temporales. A la pregunta sobre el reino que iba a constituir con su “liderazgo” y “movimiento político”, respondió claramente: “Mi reino no es de este mundo”. Con esta sentencia dejaba claro que el fin de su revolución no era llegar al poder sino enfrentarse a cualquier estructura, grupo o institución que no persiguiera el servicio y el bien de las personas como fin y sentido del poder. 

¿No es éste el fin de cualquier revolucionario? El artista Nelson Garrido lo dice en la entrevista que venimos comentando: “Es muy difícil que por todo lo que uno luchó se transforme en institución… en poder. ¿Entonces? ¿Qué es lo que a uno le queda? Pues la militancia, la disciplina de saber agitar”. En efecto, traicionaríamos el ideal revolucionario si, una vez llegados al poder, nos olvidásemos del servicio, y perdiésemos esa sana inconformidad frente a lo que no marcha bien. 

Ahora bien, el argumento ausente y necesario es el para qué: ¿para qué la militancia? ¿para qué la disciplina? ¿para qué agitar? A nuestro discurso le falta algo esencial. Algo que lo hace pasar del idealismo utópico a una propuesta realista y provechosa para la sociedad: el amor a la verdad. Más allá de las coyunturas políticas y de todas las opciones de poder que se presenten en el camino, lo que da sentido a nuestra rebeldía y actitud revolucionaria es la defensa de unos principios objetivos, universales y permanentes que sólo podemos considerar inmutables si no han sido creados ni decretados por hombre alguno. Y aquí a nuestro carácter revolucionario añadimos la contraparte esencial y necesaria: la obediencia a una doctrina que no nos pertenece; que nos ha sido dada no sin riesgo de que la tergiversemos con el mal uso de la libertad. 

Además, podemos asegurar que esa doctrina, de inspiración cristiana, tiene la ventaja de poder conjugar ambos elementos: obediencia y libertad, rebeldía y subordinación a la autoridad. Si el espíritu revolucionario nos llevara por caminos de relativismo ético y de progresivo alejamiento de la verdad, entonces habremos caído en el error, bastante frecuente, de ver la revolución como un fin y no como un medio. Es por esto que en una organización política socialcristiana tenemos que armonizar ambas realidades. La autoridad, la obediencia, la disciplina, la militancia, son tan necesarias como la intuición, la inconformidad y el espíritu subversivo propio de quien sabe captar el inicio de cualquier desviación. Pero tenemos que utilizar esa fuerza carismática no para la ruptura sino para mayor vitalidad que, al fin y al cabo no es otra cosa que mayor acercamiento a la verdad: “yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn 15:5). 

Grave es, por tanto, la responsabilidad de quienes ejercen la autoridad de nuestra institución. No se trata sólo de reunir condiciones de idoneidad política sino también de sintonía con la verdad moral. A quienes llevan las riendas de la democracia cristiana en estos tiempos de relativismo moral y de crisis de valores, se les pide máxima obediencia a nuestros valores y principios; máxima lealtad a nuestra doctrina, actualizada y explicada constantemente por el Magisterio eclesiástico; máxima disciplina que se ejerce mediante la virtud de la prudencia. No se trata de ir pregonando nuestra condición cristiana con el uso de términos propios de la jerga religiosa, sino de identificarnos personalmente con ellos y ponerlos en práctica mediante la luz de la prudencia. Prudencia que se opone al carácter irreflexivo y parcializado, que se deja llevar ante todo por la voluntad de poder. De antemano esas personas estarían incapacitadas para hacer valer la justicia, tarea esencial de un mandatario. 

Termino estas líneas con la satisfacción de haber cumplido un deber de conciencia: reflexionar sobre la estrecha relación de colaboración que debe existir entre carisma y jerarquía en nuestro partido.

29/2/16

Nuestra motivación originaria

Dice Gutenberg Martínez que “la motivación originaria es, sigue siendo, nítida: la insatisfacción espiritual que resuena en el fondo de la conciencia humana ante la saturación de propuestas meramente materialistas que conducen a la deshumanización. Una insatisfacción que mueve a la reacción ante la injusticia social, pero también frente a la pretensión de reducir la grandeza de la condición humana en un destino mediocre, carente de trascendencia. La identidad socialcristiana se construye alrededor de una certeza y una voluntad: la certeza de que existe alternativa al individualismo, al egoísmo, al utilitarismo y, en definitiva, a la mediocridad; la voluntad de crear espacios para la presencia, la participación, la militancia y la influencia de los socialcristianos en la vida pública y en el escenario político”. 

¿Qué nos pasa cuando olvidamos nuestra motivación originaria, y caemos en el lodazal de la politiquería y de la mediocridad de aspiraciones? Lo diré aplicando la fábula que narra Soren Kierkegaard: Érase una vez un circo, en Dinamarca, que se incendió. El director mandó al payaso al pueblo cercano en busca de ayuda ante el peligro inminente de que las llamas alcanzasen la ciudad, a través de los campos secos ya cosechados. El payaso corrió a la aldea y pidió ayuda a los habitantes, pero éstos interpretaron su súplica como un excelente truco publicitario para atraer público al espectáculo. Y lo aplaudían, y se reían de él. Mientras más se lamentaba el payaso e insistía en que no era propaganda sino algo muy serio, los ciudadanos lloraban de la risa al ver cómo interpretaba su papel de maravilla. Hasta que el incendio llegó a aquel pueblo, y ya era demasiado tarde para cualquier ayuda. 

Un relato que se puede adaptar perfectamente a la relación entre el país y los políticos frente a la crisis nacional. Los políticos y líderes de opinión ya no hallan cómo calificar la gravedad de lo que está pasando en Venezuela. Hablan de crisis humanitaria, de saqueo a la nación, de narco-estado, de secuestro del poder y de las instituciones públicas. Pero todos estos planteamientos parecen insuficientes para describir el peligro que corren los venezolanos. Ningún líder político, a pesar de los enormes sacrificios que hacen, tanto los que están en libertad como aquellos que están tras las rejas, reúne autoridad y credibilidad suficiente como para convocar a la totalidad del país en una sola misión: apagar el incendio. ¿No será que vemos a los políticos como a aquel payaso del circo danés, y por eso, al final del día nos reímos, hacemos chistes y comentarios banales sobre las cosas que pasan? Muchos se prestan al espectáculo porque, a pesar de la denunciada censura, todavía sobran espacios para seguir haciendo payasadas. Ejemplos hay de sobra, basta ver el estudio de grabación en el que se ha convertido la Asamblea Nacional, sin hacer alusión a singulares. Cada quien que recuerde el mejor show político que haya presenciado en los últimos meses. 

 En distintas ocasiones he manifestado la preocupación de que los socialcristianos estemos cayendo en este circo, producto de la política entendida como performance frente al gran público. Algo que alguna vez un periodista llamó “declarocracia”, afán de figurar frente a la opinión pública aunque se tenga que inventar la declaración, porque en realidad no se tiene nada verdadero y útil qué decir. Pienso que la peor enfermedad que puede padecer un político y un servidor público es la de entender su oficio como una forma de crear una imagen publicitaria de sí mismo. La política debe recuperar su valor y autenticidad para que los ciudadanos de a pie nos crean. Esto supone no sólo estar en la calle atento a los problemas concretos de las personas, sino también saber mantenerse incólume en la defensa de principios y valores, aun cuando éstos no sean atractivos para los medios. Pero eso requiere formación, mucha formación.

 La tarea formativa es la esencia de la militancia política, es decir, lo propio y lo fundamental: "Cuando hacemos política -observa Fernando Mires- estamos formando parte de la historia de un mundo al que llegamos no sólo para vivirlo sino también para disputarlo". Un ejemplo: En 1810 un grupo de venezolanos decidió disputarle a los colonizadores la tierra donde nacieron para formar una república independiente. Hicieron política. No tenemos nada valioso qué conquistar si no estamos bien formados. 

La formación no consiste en ponernos apelativos ni en repetir frases hechas. Si una palabra se asocia con la tarea formativa ésa es el criterio. Estar formado consiste en tener criterio: posición clara frente a los problemas, saber hacia dónde vamos, qué queremos conquistar y cuáles son los medios que tenemos para hacerlo. La formación otorga peso, estabilidad, credibilidad y confianza. Nos quita ese disfraz de payaso de circo y nos da los recursos para ser guías de hombres. La formación, además, es condición para el diálogo y la sana pluralidad. La falta de cultura política, de formación, conduce a la incomunicación o, al menos, a la banalización del discurso. La incomunicación, la frivolidad, la falta de criterio y de doctrina son formas, al fin y al cabo, de aislamiento, o sea, de totalitarismo. 

 La formación en los valores de la democracia cristiana es una tarea fascinante y el mejor aporte que podemos legar a nuestra patria. Ya podemos alcanzar el poder, y el poder cesará; ya podemos enderezar el país, y el país se volverá a torcer si no procuramos a las generaciones futuras la formación necesaria para mantener y mejorar lo logrado. La formación socialcristiana hunde sus raíces en el Evangelio. Dicen los teólogos que Cristo vino a la tierra y no dejó libros, ni tratados, ni bibliotecas, ni edificios, ni ciudades, ni nada: Dejó a doce hombres bien formados, dispuestos a dar la vida por unos ideales y eso bastó y sobró para fundar la institución más sólida que conocemos. 

Nosotros creemos en la formación de las personas porque somos cristianos; valoramos la libertad, la perfectibilidad, la recta razón y la conciencia. La formación que damos no es ideológica ni pasajera, sino que es doctrina viva y universal. Es perfecta y completa en sí misma, pero difícil de aplicar y vivir a cabalidad. No es que nos creamos los dueños de la verdad, sino sus máximos seguidores: “yo no tengo la verdad –dijo una vez Benedicto XVI- en todo caso es la verdad la que me tiene a mí”. Bonita expresión de una persona orientada y bien formada. 

 Las charlas, talleres y clases magistrales son parte de la formación, así como también el buen ejemplo, el consejo y la orientación personal. Dice un refrán popular que el mejor predicador es fray ejemplo. No basta con dar, hace falta ser eso que profesamos. No es suficiente explicar lo general, es menester descender hasta lo más concreto y pragmático para aplicar allí los principios y valores que nos sustentan. En eso consiste la prudencia del dirigente. 

 Hoy se habla de emergencia económica, política y social. Hemos llegado a este estado de catástrofe por descuido en la formación de los políticos. El incendio está a las puertas porque al payaso no le creen. Urge que nos tomemos en serio la formación de nuestros dirigentes. Para ello tenemos que agotar y sacar partido de todos los recursos institucionales y humanos que tenemos a disposición, porque estamos en emergencia formativa. 

28/2/16

¿Por qué soy socialcristiana? (un exhorto a los jóvenes de espíritu)

Voy a decir lo que tengo que decir inspirándome en el tono exhortativo que utilizó Castro Leiva en aquel célebre discurso frente al Congreso Nacional, cuando habló en la propia casa de la depauperada democracia, saqueada por sus mismos habitantes. Sé que levantaré antipatías de lado y lado. También sé que tengo que asumir el enorme reto de dirigirme tanto a la digna y popular militancia socialcristiana de Venezuela, como a un grupo de dirigentes mediocres que desde hace décadas pretenden hacer compatible su enajenación moral con los postulados y principios de la democracia cristiana. A ese cerco ideológico que se vale del lenguaje binario de ceros (0) y unos (1) para hacer sus pobres razonamientos y cálculos políticos, a ellos también me dirigiré, sabiendo que difícilmente van a entender lo que voy a decir, o porque tienen un problema de reduccionismo mental, o porque les parece grotesco que los pongan frente a un espejo.

 Soy socialcristiana porque profeso la doctrina con el acervo más rico y fecundo de la civilización occidental. El Verbo se hizo carne y no sólo fecundó el seno virginal de una mujer hebrea, sino que también inseminó esta Tierra, nuestra Madre Tierra. Su fruto es una cultura estupenda, humana, civilizada, que ha creado las ciencias, las universidades, la banca, las instituciones, las obras de beneficencia, las bibliotecas, el arte, los museos, el derecho internacional y pare de contar. Los que piensan en código binario ($1.000.000.000.000) no son capaces de entender esto porque su estilo vital es el primitivismo en primera clase. Para ellos lo más remoto y trascendente en que pueden llegar a pensar es en echar números para ver cuánto se necesita para vivir de lujos y placeres sin trabajar. Y si les piden un análisis geopolítico dicen que Venezuela debe parecerse a China o vendérsela a los gringos. Hipócritas: Militan en la democracia cristiana, hablan de la dignidad de la persona pero no son capaces de concluir que la prostitución (que financian), la corrupción (que ejercen), el culto al poder y al dinero (al que rinden cuentas) son precisamente el cáncer de nuestra hermosa cultura. Pero no… no les da la mononeurona binaria para pensar en eso. Viven en una contradicción agónica, pero el sistema binario no les permite registrar esas cosas. Peor aún son quienes no sufren de enajenación moral pero avalan esa conducta a su alrededor para no ser "radicales", para evitar divisiones o para mantenerse "bien" asesorados. A éstos últimos no sé cómo llamarlos: pienso que su comportamiento responde a una fatuidad enfermiza, que puede catalogarse dentro de lo que sería la perfecta idiotez.

 Soy socialcristiana porque concibo la política como un servicio y como la forma más perfecta de vivir la caridad cristiana. Mi abuelo era capaz de sacrificarlo todo por un partido al servicio del país, y como un bastión defensivo de la nación frente al socialismo. Ahora cualquiera es capaz de sacrificar partido y nación por un cargo que equivale a uno o mil negocios por un millón de dólares. ¿Así pretenden combatir el chavismo? A lo sumo le arrebatan pueblo al chavismo en una elección, para luego retornarle electores dolidos y defraudados por el engaño de quienes usan el discurso socialcristiano para hacer ejercicios de cinismo demagógico. Miren: no digan que un tribunal acabó con COPEI, eso es imposible; reconozcan que fue la soberbia y la suspensión del juicio moral lo que temporalmente ha prevalecido; pero el ave fénix renace de sus cenizas que son precisamente ustedes los disociados morales. Porque una cosa es cometer errores privados, y otra muy distinta es vivir y revolcarse en el error hasta hacerlo público y notorio.

 Soy socialcristiana por la más noble herencia que recibí de mis antepasados. Ese patrimonio se materializó el día en que un prestigioso abogado de Maracay abandonó su profesión, cerró su bufete y se vino a Caracas, mujer y cinco hijos, cambiando un sueldo de 30 mil bolívares por uno de tres mil más un montón de venezolanos que depositaron su confianza en su representación política. ¡Vaya fortuna he recibido yo! Claro, el binarismo político de los enajenados morales que viven bajo la dictadura del dinero y del mundanismo, no puede comprender esta actitud de sus padres fundadores. Lo increíble es que se sientan atraídos por la democracia cristiana, en un claro ejercicio de sadomasoquismo político. Para ellos la política es el ingreso de un uno (1) con un montón de ceros (0) a la derecha; un hombre con 10, 100 o 10000 botellas de whisky y un montón de vividores y vividoras a su alrededor. Presumen de sus cuentas en dólares, de su alcohol y de pobres mujeres, como si ser creado a imagen y semejanza del dinero fuera cosa más digna que ser y comportarse como hijos de Dios. Pues yo les digo: Me quedo con el chavismo. Al menos ellos actúan por crasa ignorancia, por lerdos o por débiles mentales; ustedes en cambio actúan por crasa bajeza. Puede que la inteligencia no nos convoque a todos los socialcristianos, pero la moral sí. Por eso no tienen excusas.

 Por último: Soy socialcristiana porque no soy socialista. No creo que la elevación del hombre sea única y exclusivamente un problema material. La única elevación material que conozco es la de quien decide ser pobre por amor a los pobres, para servir a los pobres. En este punto el liberalismo también incurre en grandes contradicciones mil veces denunciadas por el sabio Magisterio de la Iglesia Católica. Hace un tiempo conversaba con Antonio Ecarri, militante de la democracia cristiana, sobre los estragos del neomarxismo en esta pseudo-cultura liberal, que levanta banderas de libertad para sustituir una sumisión por otras, menos visibles que la de hacer colas por un kilo de azúcar pero igualmente degradantes. Hace tiempo que el materialismo masificador encontró la forma de hacer creer a las personas que son libres, cuando en realidad son esclavas de unos pocos medios publicitarios conducidos por pervertidos morales. Mi abuelo eligió la modestia y abandonó el camino del lujo como opción fundamental, justamente para mantenerse al margen de estas seducciones neomarxistas; luego hizo política. Los estragos culturales del marxismo no se divisan tanto en la plaza roja de Moscú como en las revueltas estudiantiles de mayo del 68 y en la teología de la liberación que envenenó a un millón de cristianos.

 En la esencia del socialismo está la dialéctica irreconciliable del resentido que se “redime” a sí mismo sólo cuando logra arrebatar a otros lo que él nunca tuvo, ya sea por injusticia, sea por vagancia, sea por lo que sea. Pero como no se redime entonces siente que tiene que tener más y más y más cayendo en un círculo vicioso. Y ojo porque cuando hablo de pobreza no me refiero únicamente a vivir como mendicantes. La pobreza como virtud tiene mil manifestaciones, y todas ellas implican renuncia, eso sí. Pero se puede tener bienestar sin olvidarnos de la virtud, sin dejar de practicarla. Yo no juzgo a los que tienen sino a los que solo piensan en tener; más aún, a los que ven la política como la más excelsa forma de tener. Vándalos: Se hacen pasar por populares cuando en realidad degradan al pueblo. No son pueblo, son estiércol. Pero el abono también es necesario para que la tierra dé frutos. ¡Bendita fecundidad del pensamiento cristiano! por eso ha prevalecido milenios. Convengamos en que estamos en un período de siembra. La cosecha quizás tarde en llegar, pero si entendemos el proceso, sus componentes y el fruto que deseamos obtener, coincidiremos en que la tarea que nos convoca es hermosa y que vale la pena. Con fraternal afecto, Mercedes Malavé

14/2/16

La liga socialcristiana


El Diccionario de la Real Academia Española define el término “liga” como agrupación o concierto de individuos o colectividades humanas con algún designio común. El designio, como socialcristianos, es lo común: una línea de pensamiento formidable, una vocación política clara, una misión que cumplir frente a la Nación. Podemos recorrer tal designio unidos o separados, hermanados o enemistados, asociados o enfrentados. Tal elección no resulta indiferente, tan importante es que vale la pena recordar aquello que los máximos pontífices repiten constantemente: el peor escándalo que los cristianos dan al mundo es su división[1]. El cristianismo, que se distingue por su universalidad, por su inmensa capacidad de hacerse todo para todos, y, al mismo tiempo, por la unidad de su cuerpo bajo una única cabeza visible y un único pastor, combina estupendamente bien los elementos jerárquicos y carismáticos, obediencia y libertad, en una unidad que no es uniformidad, sino vitalidad y organicidad; conjunción de fines, propósitos y medios.

Para quienes predicamos y profesamos los principios cristianos en política, la exigencia no es menor: es exactamente la misma. De nosotros depende el contribuir al escándalo o, por el contrario, fundar un camino de unión nacional, pasando indiscutiblemente por la unidad socialcristiana.

Fines y medios


La unión de los socialcristianos es un medio imprescindible para alcanzar nuestra misión en política: hacer de Venezuela un estado de justicia, libertad y solidaridad, con políticas orientadas hacia el bien común, la educación y el trabajo, la ecología integral, la economía abierta, el libre mercado, las ciudades sustentables, la familia, en fin, todo aquello que expresa y refleja nuestra única veneración por el ser humano y su incuestionable dignidad.

Pero si tales no son nuestros fines, entonces la fuerza de la unidad socialcristiana se hace no sólo innecesaria sino incluso obstaculizante para los propios intereses mezquinos. Quien busca fines menores como ocupar cargos sin preparación, obtener contactos para conseguir caprichos y prebendas, ganar reconocimientos sin mérito, hacer de la política un negocio lucrativo, de influencia, etc., no le conviene un partido grande sino una atomización de pequeños grupos a la altura de sus intereses rastreros. A veces no nos planteamos esos objetivos egoístas como fines políticos, pues es evidente que no lo son, pero sí podemos caer en una cierta conformidad con el error porque, al fin y al cabo, todos lo hacen.

Muchos filósofos coinciden en un análisis profundo de nuestra contemporaneidad al afirmar que en las sociedades modernas se confunden con facilidad los fines y los medios, hasta el punto de que colocamos como fin de la propia vida y de la vida en sociedad, objetivos y metas que no forman parte del fin último del hombre, sino que son medios para alcanzar fines ulteriores, los cuales desconocemos o ignoramos voluntariamente. En esta mentalidad mediática nuestra, los instrumentos pasan a ser los principios, entonces se confunde el fin de la política con la propaganda, el de la economía con el mercado, el de las políticas públicas con campañas publicitarias de algún político que se equipara con un actor de cine, etc.

De esta manera, los fines del Estado, de la economía, de la familia, de las instituciones, se sustituyen por medidas para promover intereses particulares. En ocasiones se cae igualmente en una lógica materialista de consumo, ya sea de productos, de emociones, de apariencias, etc., que si bien no responde dicha estrategia a las técnicas del marxismo, igualmente acaban por alienar a las personas de sus verdaderos fines y también de los auténticos medios para alcanzarlos.

Ni siquiera la democracia es un fin en sí mismo, sino un medio para preservar y promover lo más valioso que tienen los individuos que es su libertad de acción, de asociación, de pensamiento, de aspiración, de religión, etc. La democracia se apoya en el principio de la administración y división del poder, y en la alternabilidad en el ejercicio de funciones de gobierno. En esta dinámica se insertan los partidos políticos como organizaciones que promueven el liderazgo nacional, regional y local entre los ciudadanos, con una determinada visión política sobre el hombre, la sociedad y el estado; ofrecen la posibilidad de confluir en un designio común mayoritario, respetando siempre el sentir y el parecer de las minorías, capaz de promover en las naciones planes y proyectos de gobierno, ya sea para fomentar o para corregir lo que se viene haciendo.

Si la democracia no es un fin en sí mismo, los partidos políticos menos aún son un fin. Se discute hoy en día la vigencia y el devenir de los partidos políticos tradicionales, así como en otro tiempo se ha discutido el papel de las ideologías en la sociedad. Todo apunta hacia un pragmatismo que tienda a la objetividad de conducción y gobierno, basados en el dato que proporcionan las encuestas, los instrumentos cuantitativos y en el aporte propio de cada ciencia social. Sin embargo, las ciencias y la misma mentalidad pragmática no están exentas de concepciones abstractas y teóricas que revelan también una visión del hombre, de la política y del Estado. Me pregunto si la mencionada confusión entre los fines y los medios no es herencia de esta mentalidad objetivista y particularista que impera en las llamadas tecnocracias. Conviene mirar más allá porque el ser humano y sus dinámicas propias no sólo es complejo sino que trasciende también lo medible y cuantificable.

La existencia de las agrupaciones políticas no va a depender de lo que digan las ciencias empíricas, ni tampoco de lo bien o mal que actúen en el ejercicio del gobierno. La vigencia de los partidos depende de ideales y líderes capaces de movilizar y guiar hacia un fin común. No podemos ver la realidad solo a manera de diagnóstico; debemos lanzarnos a la creatividad. Manteniendo el status quo, asombrándonos de lo mal que va todo, nuestra cultura no tendrá más remedio que sucumbir ante otros ideales y ante otras culturas. En todo caso, si es eso lo que va a ocurrir más vale que tal situación nos encuentre trabajando por construir los resortes que nos permitan elevarnos de nuestra condición rompiendo con esta inercia destructiva. Y si la muerte nos llama antes de que comparezca la democracia como sistema garante de las libertades humanas, más vale que el juicio a nuestras obras no sea reprobado por las omisiones morales. Urge ponerse a trabajar.

Afecto intergeneracional


En su discurso ante el Estado de la Unión, el presidente Barack Obama discurría sobre una serie de temas y cuestiones de valiosa discusión, aún en términos pragmáticos, es decir, de hechos y acciones. Entre las preguntas que formulaba estaba la de la función del político: “¿cómo haremos para que nuestra política refleje nuestras mejores virtudes en vez de nuestros peores defectos?”.

El peor defecto de los socialcristianos, como lo dije al inicio de esta carta, es su división. Algunos lo llamarán destino, otros lo llamarán herencia, otros lo llamaremos miserias. La razón o el por qué de tal circunstancia pienso que es lo de menos. Tampoco es fecunda la reflexión que intenta buscar al culpable, como para saber quién fue el primero en morder la manzana de la discordia. El problema no es indagar sobre quién fue el primero, ya que esto es un hecho simplemente cronológico. La clave es reconocernos en esa dolencia común, en la falta de común-unión, comunión, y poner los medios para superarla con una firme voluntad y una opción fundamental por la unidad pase lo que pase. Pero ¿cómo estar seguros de lograrlo?

Dice Ortega en sus Sencillas reflexiones lo siguiente: tengamos una sublime lealtad: declaremos que no podemos señalar con exactitud el lugar de nuestro mal, y que, como decía Heine, nos quejamos de dolor de muelas en el corazón. En esta tierra, donde sinceramente somos cada uno enemigo de los demás, nadie encuentra su enemigo particular.

Una peculiaridad del dolor de muelas es que no se percibe claramente en la zona del problema. Por lo general, se siente que el dolor proviene de otra área: Es sistemático. La genialidad de aplicarlo como símil a los sufrimientos morales no tiene desperdicio, y no se le atribuye a Ortega y Gasset sino al alemán Heine, que desconozco en qué contexto lo dijo. En todo caso, en esta tierra nuestra, en nuestra organización política, la frase viene como anillo al dedo. Sentimos un malestar, una sensación de injusticia y, por ello, caemos en enemistad; nos encontramos faltos de confianza, nos defendemos de cualquiera que se nos acerca... pero no alcanzamos a reconocer que la única raíz del problema está en cada uno de nosotros, y en todos como sociedad. Nos desembarazamos de las causas, sólo nos sentimos víctimas y creemos en soluciones inmediatas, divisionistas.

Lo más peligroso es cuando, debido a la desorientación causada por el dolor, extraemos un diente sano por no haber hecho un buen diagnóstico y reaccionar con precipitación. En la vida política se nota esta actitud por la tiradera de flechas condenatorias: "es aquí, es allá", "fuiste tú", "te equivocaste", y así sucesivamente. Uno de los peligros del pragmatismo es que lo reduce todo a táctica, a estrategia, a método. Si la cosa sale mal, si falla el plan, entonces adviene la catástrofe: hay que señalar al culpable.

Convenzámonos de que estamos atravesando las horas de la "sublime lealtad" de la que hablaba Ortega. Sólo la unidad es el camino para extraer la muela cariada, y el remedio para proteger a los demás miembros sanos. El respeto a la pluralidad, la colegialidad en las decisiones, el acatamiento y el acuerdo aun a costa del desprendimiento de algunos intereses particulares, es la única vía para garantizar el equilibrio político de la liga socialcristiana que debemos construir. Si comenzamos a descartar partes, si lo reducimos todo a maniobra coyuntural, a la vuelta de la esquina estaremos igual, con el mismo dolor de muelas que nos aqueja hoy. Venzamos el mal primero en cada uno de nosotros.

Con renovada insistencia, el Papa Francisco habla de la cultura del descarte, y se ha referido también a cómo afecta a las personas mayores. Con lógica del descarte consideramos que solo lo nuevo, lo joven, lo novedoso sirve. Los abuelos, nuestros predecesores en los ideales, tienen en sus manos el tesoro de la memoria, de la experiencia, de la ponderación. La memoria genera raigambre, alimenta el sentido de pertenencia y da solidez a cualquier proyecto. Dicen que el apóstol predilecto era el joven san Juan, sin embargo, no fue la cabeza de la Iglesia sino el mayor de ellos que fue san Pedro. No por la edad, sólo, sino tal vez por aquella contestación tajante que en momentos de deserción se atrevió a proferir: ¿A quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Mientras que a los jóvenes se les presenta un panorama de oportunidades y caminos sucedáneos, los mayores nos preceden en la convicción de las pocas cosas necesariamente imprescindibles para conseguir los fines que nos proponemos. A ellos les debemos el mayor afecto, dilección, respeto y consideración. Les debemos obediencia y también asistencia en aquellos aspectos en los que puedan mostrar mayor debilidad. Valerse de las limitaciones de una persona mayor para conseguir fines políticos torcidos y personales es un claro ejemplo de crasa deslealtad en un militante.

Del proyecto del bienestar al proyecto del bien común


Es evidente para todos, no hace falta ahondar en descripciones, el fracaso de la revolución socialista del siglo XXI, que coronó los vicios del capitalismo rentista venezolano. El fracaso no ha sido producto de la desatención de las leyes del mercado o de la economía, únicamente, sino también del derrumbe ético y profesional de la política. Hay quienes confunden los fines del Estado con los de la economía, y los de la economía con los del mercado. Pero es en realidad la falta de hombres de estado serios, estadistas comprometidos, responsables, decididos a erradicar vicios administrativos de larga data en nuestro país, la verdadera causa de la ruina económica e institucional que padecemos. Por eso, a estas alturas del partido conviene mirar más allá del desastre y preguntarnos ¿qué queremos para Venezuela? ¿Qué sistema debemos implementar? ¿Cuál es nuestro norte y cuáles son nuestros fines?

Antes de responder, convengamos en que el principio de autoridad es fundamental para la unidad del proyecto que debemos construir. Autoridad que no es asunto de mínimas concesiones sino de máximas condiciones. No es cuestión de negociar privilegios: “te concedo esto, tú me concedes lo otro”, “mi proyecto sirve mientras no choque con el tuyo”. Las condiciones para la máxima autoridad no son pasajeras, ni coyunturales, ni mínimas: responden a un gran proyecto de nación anclado en la búsqueda y consecución del bien común de la sociedad, en su máxima expresión posible, lo que exige promover y fomentar, en primera persona, valores concretos como la solidaridad, la subsidiariedad, la participación, la responsabilidad, la mesura, y muchos más.

El bien común no puede depender del Estado simplemente porque no está en sus manos concederlo. Por eso requiere de un liderazgo responsable y de ejemplaridad pública capaz de mover a los ciudadanos a la búsqueda de un bien común integral, ante el cual todos tenemos una responsabilidad inexcusable. Si bien el desarrollo de los pueblos responde al deseo de progreso de sus ciudadanos, el subdesarrollo también nos interpela directamente como poco idóneos para vivir en sociedad: el pueblo hambriento reclama con toda razón a la clase opulenta, a los egoístas, a los despilfarradores, a los indolentes, sobre todo si éstos ocupan cargos de poder.

El modelo del llamado estado de bienestar ha degenerado en una desigualdad creciente. Se dice que en poco tiempo el 1% de la población mundial será más rica que el 99% restante. Para llegar a tal desigualdad no hizo falta que unos trabajaran mucho y otros se echaran a dormir: El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de que pueda resultar un desarrollo realmente humano decía el Papa emérito Benedicto XVI. La inequidad social es un problema ético que exige la revisión de un modelo económico de producción, distribución y mercadeo que no ha logrado detectar a tiempo sus posibles vicios y su intrínseca corruptibilidad; no se ha ocupado de la conciencia sino sólo de la capacidad productiva e ilustrada de la inteligencia. Por eso, algunos pensadores coinciden en que las aspiraciones éticas del individuo actual han entrado en un período de crisis, desatado por la desilusión ante el famoso proyecto, conservador y liberal, conocido como welfare state o sociedad de bienestar. Resumiendo las grandes líneas de evolución de este proyecto socio-político, podemos decir que las premisas del welfare state son las siguientes:

1. El estado contemporáneo reconoce que la libertad individual es el valor absoluto y supremo por el que ellos deben velar y custodiar.

2. El Estado reconoce que la libertad se mueve hacia la búsqueda del bienestar individual, con lo cual, los gobiernos se comprometen a facilitar al ciudadano, mediante la buena administración de los recursos  fiscales y una buena red de instituciones asistenciales, todo aquello que contribuya a su propio bienestar.

3. El welfare state apuesta por la libertad de expresión y de información. Es lógico que un sistema que favorezca la libertad se comporte de esta manera. Es mediante el conocimiento y la información como se refuerza la libertad individual. El aislamiento y la desinformación son las armas del totalitarismo.

Ahora bien ¿por qué el estado de bienestar ha entrado en crisis si sus presupuestos parecen ser correctos y adecuados a la estructura de la persona? Sin duda, el reconocimiento de la libertad como principio del obrar bueno y recto resulta esencial. De hecho, si hablamos de ética o de moral debemos hacerlo en primera persona, pues no se trata de una teoría sino, principalmente, de unas prácticas y modos de obrar.   La crisis viene dada por otro factor que es anterior a las premisas que se han expuesto. Se trata del paradigma individualista que lo sostiene:

1. El Estado reconoce que la libertad de tener y de satisfacer los deseos de éxito individual, bienestar económico y poder, es el valor absoluto y supremo por el que ellos deben velar y custodiar. La libertad se concibe como un derecho individualista amenazado por las libertades ajenas.

2. El estado reconoce también que la libertad se mueve hacia la búsqueda del bienestar material individual, con lo cual,  gobiernos se comprometen a multiplicar los recursos materiales que son limitados. Por eso, la mayoría de las veces sus propuestas se quedan en promesas. Las aspiraciones materiales de los individuos siempre exceden las posibilidades de la sociedad de bienestar, entre otras cosas porque el bienestar material nunca otorga el máximo de felicidad.

3. El welfare state apuesta por la libertad de expresión y de información, pero, como dice igualmente Alejandro Llano: "Lo característico de tal configuración social es que las transacciones decisivas se producen entre poder y dinero, dinero e influencia, influencia y poder. No es extraño que de manera más habitual que consciente los jóvenes, que comienzan desde temprana edad a descubrir la índole descarnada y cínica de ese entramado, sientan escaso aprecio por él y teman su integración en un ambiente social poblado por ese tipo de personas que, a comienzos del siglo XX, el sociólogo alemán Max Weber anticipó que sean especialistas sin alma, vividores sin corazón" (Claves para educar a la generación del yo, on-line).

Frente al egoísmo humano, el pragmatismo tecnocrático queda desarmado. Resulta incapaz de mover las voluntades humanas. Sólo el humanismo, de cuño cristiano, puede poner a las personas frente a lo verdaderamente bueno y justo; brinda luces para que vislumbrar, objetiva y claramente, los fines políticos. La formación humanística hoy en día enfrenta enormes desafíos. Por un lado, la base humana y familiar sobre la que se construye la personalidad de un socialcristiano se ha venido debilitando hasta el punto de estar casi extinta. Por otro lado, las coordenadas éticas del hombre de hoy también han desaparecido prácticamente. Cuando hablamos de coordenadas éticas nos referimos al análisis de los factores que influyen en la percepción hodierna del bien y del mal. Frente a este panorama desolador de ausencia de principios y de preparación, de relativismo, de escasez de conciencia y de falta de formación en los aspectos más básicos de la condición humana, la liga socialcristiana debe declarar la emergencia formativa, causa y principio de la emergencia política, y poner todos los medios para mejorar cuantitativa y cualitativamente la formación del militante y el dirigente.

Con particular asombro miramos la laxitud con la que algunos andan en política; también hombres y mujeres que se jactan de ser socialcristianos, al tiempo que difunden y suscitan cualquier cantidad de vicios sociales. Corrupción administrativa, negocios de dudosa procedencia, complicidad con la mediocridad, mentiras, pornografía, y pare de contar. Con cuánta facilidad hablamos de tener contratos con éste o con aquel farsante. Si el pueblo que votó por ellos los conociera, los vomitaría de su boca. El problema es que esas acciones individuales deslegitiman la democracia en su totalidad. A Hanah Arendt le debemos ese importante descubrimiento ético que asegura que ningún mal es banal.

Convenzámonos de que nuestro proyecto debe nadar a contracorriente. Mantengamos la firme convicción de que nuestro camino lo marca el principio de Auctoritas basado en la honorabilidad de quienes encarnan la máxima moral, la sana orientación de los obispos de Venezuela, los referentes éticos de nuestro tiempo. El proyecto del bien común, contrario al conservador estado de bienestar, se mantiene siempre joven, inconforme, rebelde, en continuo estado de crecimiento y rectificación, en su mejor momento, en plenas condiciones de dar un salto cualitativo y no sólo cuantitativo de tener, tener y tener, sino de ser mejores hombres y mujeres de esta patria soberana. En palabra de los obispos de Venezuela: Anhelamos ser un pueblo identificado con el respeto a la dignidad humana, la verdad, la libertad, la justicia y el compromiso por el bien común.

Con particular claridad, el Papa Emérito Benedicto XVI sintetizaba las claves para una sana concepción de la libertad individual: El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana. Los mesianismos prometedores, pero forjadores de ilusiones, basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición. Esta falsa seguridad se convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona. Debemos concebir la libertad individual como camino de auto-superación, crecimiento y donación, con una visión trascendente de la persona llamada a alcanzar fines espirituales y no solo materiales. Entre los fines trascendentes resaltan los valores de caridad, justicia y solidaridad que se involucran y exigen mutuamente en la vida social.

Frente al país: una propuesta


Esta carta no pretende ser un plan de gobierno, sino un exhorto a la renovación ética de nuestra organización política para que renazca de sus valores perennes enraizados en el Evangelio y en la tradición cristiana. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar un documento que antecede estas líneas, producido por la institución de políticas públicas que lleva nuestra impronta socialcristiana, el IFEDEC, acompañados de las fundaciones Alberto Adriani y Casa Arturo Úslar Pietri.

"Frente al 2016" plantea la necesidad de convocar al país para plantear una visión compartida de la crisis y sus posibles soluciones. Sus postulados son esenciales y abarcan los puntos neurálgicos de un programa de gobierno. Pero para convocar al país, primero debemos unirnos nosotros. Sin la liga socialcristiana no será posible avanzar en los objetivos claros y humanísticos que plantea el documento avalado por el IFEDEC y por ambas fundaciones:

a)    Fortalecer las instituciones democráticas
b)   Reactivas la producción nacional y el empleo
c)    Desarrollar un amplio programa social
d)   Promover una política de reconciliación nacional

Por eso, mi llamado es a que nos unamos y nos convoquemos en torno a esta propuesta a la Nación. En el camino podrán surgir nuevas luces, sugerencias, prioridades, etc., pero partamos de lo hecho porque el País no puede esperar. Renovemos nuestra capacidad de diálogo y nuestros deseos de remar en una misma dirección. Hagamos este máximo sacrificio por el país, y éste nos lo pagará con creces.

Termino con un deseo del Papa Francisco que encabeza el documento "Frente al 2016": Los aliento a reanudar un camino común por el bien del país, reabriendo espacios de encuentro y de diálogo sincero y constructivo.

¡Que Dios nos bendiga, nos llene de luces, ánimo y afecto por nuestros ideales socialcristianos, más vigentes y necesarios que nunca!



Mercedes Malavé

Caracas, 14 de febrero de 2016. Día de san Valentín, patrono de la amistad.





[1] Así lo dice el decreto Unitatis Redintegratio sobre el ecumenismo: “División que abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo” (Concilio Vaticano II, documentos). Escribo estas líneas mientras presencio el histórico encuentro entre su Santidad el Papa Francisco y el Patriarca ruso ortodoxo Kiril en La Habana, Cuba. Un gesto de unidad.

12/1/16

Te lanzo un grito lleno de amor

“Te lanzo un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú mismo. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo”. Juan Pablo II (paráfrasis)

14/11/15

Un divorcio que urge reconciliar: la Fe y la Razón




Con los terribles hechos ocurridos en París, veremos centuplicarse la industria armamentista y los entrenamientos militares, policiales y de inteligencia en el mundo. Estamos en guerra. Uno podría pensar que Occidente sólo exige defender el respeto a la persona humana y a sus libertades individuales; porque ése es el gran logro de la cultura occidental, cristiana. La barbarie invade, ataca, saquea y destruye, para luego reconocer que el único modo posible de Vivir es en libertad y respeto a las decisiones y opiniones ajenas. Somos hijos de pueblos bárbaros pero humanizados... he ahí la diversidad de razas y culturas en occidente.

Me parece estar oyendo al Papa emérito Benedicto XVI explicando estas cosas. El consorcio entre la fe y la razón engendró la cultura de la que hoy nos sentimos tan orgullosos por sus logros, y también tan preocupados por las amenazas que enfrenta. Vale la pena recordar algunas líneas de fondo, un poco al margen de la tragedia de París, sin olvidar ni un sólo instante a las personas que están sufriendo lo inimaginable en estos días.

En aquel célebre y polémico discurso de Ratisbona, Benedicto XVI invitó al mundo islámico a condenar la irracionalidad que se esconde detrás de algunos planteamientos pseudo-religiosos que sólo generan violencia e intolerancia. Lo hizo con un respeto exquisito: trayendo el diálogo de dos musulmanes en el que uno de los dos propone al otro reflexionar sobre un aspecto del islam: la guerra santa. El Papa Ratzinger invitó a los musulmanes a reconocerse en una tradición suya, multisecular también, que condena la violencia. A partir de ese discurso, muchas cosas han pasado, entre ellas, varios diálogos interreligiosos, foros y congresos, visitas a países musulmanes, mezquitas, etc., por parte de autoridades religiosas de diversa índole.

La clave está en que las religiones se unan en la defensa irrestricta de los derechos humanos que son universales porque no pertenecen a una cultura determinada, ya que son humanos y naturales. Y que todas las personas afinemos no sólo en la defensa de estos derechos en nuestro entorno social, sino también, yendo mucho más allá, que afinemos en nuestras creencias y prácticas religiosas porque, querámoslo o no, somos seres atraídos por lo infinito, por las ideas, por las doctrinas y, tarde o temprano, nos veremos envueltos en cualquier rito, llámese religión, secta, superstición, santería, etc. Pero hemos de reconocer que sólo las grandes religiones conocidas en el mundo entero constituyen una fuente humanizadora del hombre y de la mujer, compuesto de cuerpo y espíritu. Este retorno a la religión se está viendo en muchos países de África, Asia y América. Quizás la Europa cristiana está más envejecida por una serie de corrientes ideológicas ateas que han opacado su conciencia cristiana en los últimos siglos.

Reluce la defensa a las libertades individuales de religión, de asociación, de cultura, de expresión, etc. Y en esto conviene que nos revisemos. La promoción y defensa de la libertad es uno de los mejores logros de la cultura occidental. Sin embargo, a veces se habla mucho de libertad pero luego no se la respeta con la misma vehemencia. En nuestro entorno tenemos jóvenes que se están autolimitando y autodestruyendo por esa supuesta libertad: adicciones, enfermedades producidas por estilos de vida dañinos, vagancia, mediocridad. Otro abuso de libertad es burlarse de todo, ironizar, calumniar, etc., por una supuesta libertad de expresión mal entendida. El uso que le damos a la libertad debe ser legítimo, responsable, equilibrado y, sobre todo, abierto al amor, a nosotros mismos y a los demás como miembros que somos de una misma comunidad humana.

Por último, tampoco podemos decir que estamos en una etapa de guerra de religiones. Nadie que se crea señor de la verdad, de la vida y de la muerte puede ser verdaderamente creyente. Lo primero que debe reconocer cualquier persona que se sepa y se sienta sujeta a un ser trascendente es aceptar que no es el dueño absoluto de la vida de los demás, menos de su libertad. Por lo tanto, el fanatismo es por su misma naturaleza, ateo y anti-religioso. Si confundimos el objetivo podemos entrar en uno de los conflictos más injustos de la historia de la humanidad. Por eso conviene estar claros al respecto.

Somos la obra más excelente de Dios-Creador; somos su debilidad. Por eso, no podemos perder la esperanza. La paz nos espera: "Recordemos siempre que Dios tiene una fuerza -cuando Él quiere- que cambia todo... Él es capaz de modelar todo de nuevo; pero tiene también una debilidad, nuestra oración, su oración universal. Señor, haz que nunca nos cansemos de tocar a las puertas de tu corazón para recibir tu gracia" (Papa Francisco). #PrayForParis #PrayForWorld