14/2/16

La liga socialcristiana


El Diccionario de la Real Academia Española define el término “liga” como agrupación o concierto de individuos o colectividades humanas con algún designio común. El designio, como socialcristianos, es lo común: una línea de pensamiento formidable, una vocación política clara, una misión que cumplir frente a la Nación. Podemos recorrer tal designio unidos o separados, hermanados o enemistados, asociados o enfrentados. Tal elección no resulta indiferente, tan importante es que vale la pena recordar aquello que los máximos pontífices repiten constantemente: el peor escándalo que los cristianos dan al mundo es su división[1]. El cristianismo, que se distingue por su universalidad, por su inmensa capacidad de hacerse todo para todos, y, al mismo tiempo, por la unidad de su cuerpo bajo una única cabeza visible y un único pastor, combina estupendamente bien los elementos jerárquicos y carismáticos, obediencia y libertad, en una unidad que no es uniformidad, sino vitalidad y organicidad; conjunción de fines, propósitos y medios.

Para quienes predicamos y profesamos los principios cristianos en política, la exigencia no es menor: es exactamente la misma. De nosotros depende el contribuir al escándalo o, por el contrario, fundar un camino de unión nacional, pasando indiscutiblemente por la unidad socialcristiana.

Fines y medios


La unión de los socialcristianos es un medio imprescindible para alcanzar nuestra misión en política: hacer de Venezuela un estado de justicia, libertad y solidaridad, con políticas orientadas hacia el bien común, la educación y el trabajo, la ecología integral, la economía abierta, el libre mercado, las ciudades sustentables, la familia, en fin, todo aquello que expresa y refleja nuestra única veneración por el ser humano y su incuestionable dignidad.

Pero si tales no son nuestros fines, entonces la fuerza de la unidad socialcristiana se hace no sólo innecesaria sino incluso obstaculizante para los propios intereses mezquinos. Quien busca fines menores como ocupar cargos sin preparación, obtener contactos para conseguir caprichos y prebendas, ganar reconocimientos sin mérito, hacer de la política un negocio lucrativo, de influencia, etc., no le conviene un partido grande sino una atomización de pequeños grupos a la altura de sus intereses rastreros. A veces no nos planteamos esos objetivos egoístas como fines políticos, pues es evidente que no lo son, pero sí podemos caer en una cierta conformidad con el error porque, al fin y al cabo, todos lo hacen.

Muchos filósofos coinciden en un análisis profundo de nuestra contemporaneidad al afirmar que en las sociedades modernas se confunden con facilidad los fines y los medios, hasta el punto de que colocamos como fin de la propia vida y de la vida en sociedad, objetivos y metas que no forman parte del fin último del hombre, sino que son medios para alcanzar fines ulteriores, los cuales desconocemos o ignoramos voluntariamente. En esta mentalidad mediática nuestra, los instrumentos pasan a ser los principios, entonces se confunde el fin de la política con la propaganda, el de la economía con el mercado, el de las políticas públicas con campañas publicitarias de algún político que se equipara con un actor de cine, etc.

De esta manera, los fines del Estado, de la economía, de la familia, de las instituciones, se sustituyen por medidas para promover intereses particulares. En ocasiones se cae igualmente en una lógica materialista de consumo, ya sea de productos, de emociones, de apariencias, etc., que si bien no responde dicha estrategia a las técnicas del marxismo, igualmente acaban por alienar a las personas de sus verdaderos fines y también de los auténticos medios para alcanzarlos.

Ni siquiera la democracia es un fin en sí mismo, sino un medio para preservar y promover lo más valioso que tienen los individuos que es su libertad de acción, de asociación, de pensamiento, de aspiración, de religión, etc. La democracia se apoya en el principio de la administración y división del poder, y en la alternabilidad en el ejercicio de funciones de gobierno. En esta dinámica se insertan los partidos políticos como organizaciones que promueven el liderazgo nacional, regional y local entre los ciudadanos, con una determinada visión política sobre el hombre, la sociedad y el estado; ofrecen la posibilidad de confluir en un designio común mayoritario, respetando siempre el sentir y el parecer de las minorías, capaz de promover en las naciones planes y proyectos de gobierno, ya sea para fomentar o para corregir lo que se viene haciendo.

Si la democracia no es un fin en sí mismo, los partidos políticos menos aún son un fin. Se discute hoy en día la vigencia y el devenir de los partidos políticos tradicionales, así como en otro tiempo se ha discutido el papel de las ideologías en la sociedad. Todo apunta hacia un pragmatismo que tienda a la objetividad de conducción y gobierno, basados en el dato que proporcionan las encuestas, los instrumentos cuantitativos y en el aporte propio de cada ciencia social. Sin embargo, las ciencias y la misma mentalidad pragmática no están exentas de concepciones abstractas y teóricas que revelan también una visión del hombre, de la política y del Estado. Me pregunto si la mencionada confusión entre los fines y los medios no es herencia de esta mentalidad objetivista y particularista que impera en las llamadas tecnocracias. Conviene mirar más allá porque el ser humano y sus dinámicas propias no sólo es complejo sino que trasciende también lo medible y cuantificable.

La existencia de las agrupaciones políticas no va a depender de lo que digan las ciencias empíricas, ni tampoco de lo bien o mal que actúen en el ejercicio del gobierno. La vigencia de los partidos depende de ideales y líderes capaces de movilizar y guiar hacia un fin común. No podemos ver la realidad solo a manera de diagnóstico; debemos lanzarnos a la creatividad. Manteniendo el status quo, asombrándonos de lo mal que va todo, nuestra cultura no tendrá más remedio que sucumbir ante otros ideales y ante otras culturas. En todo caso, si es eso lo que va a ocurrir más vale que tal situación nos encuentre trabajando por construir los resortes que nos permitan elevarnos de nuestra condición rompiendo con esta inercia destructiva. Y si la muerte nos llama antes de que comparezca la democracia como sistema garante de las libertades humanas, más vale que el juicio a nuestras obras no sea reprobado por las omisiones morales. Urge ponerse a trabajar.

Afecto intergeneracional


En su discurso ante el Estado de la Unión, el presidente Barack Obama discurría sobre una serie de temas y cuestiones de valiosa discusión, aún en términos pragmáticos, es decir, de hechos y acciones. Entre las preguntas que formulaba estaba la de la función del político: “¿cómo haremos para que nuestra política refleje nuestras mejores virtudes en vez de nuestros peores defectos?”.

El peor defecto de los socialcristianos, como lo dije al inicio de esta carta, es su división. Algunos lo llamarán destino, otros lo llamarán herencia, otros lo llamaremos miserias. La razón o el por qué de tal circunstancia pienso que es lo de menos. Tampoco es fecunda la reflexión que intenta buscar al culpable, como para saber quién fue el primero en morder la manzana de la discordia. El problema no es indagar sobre quién fue el primero, ya que esto es un hecho simplemente cronológico. La clave es reconocernos en esa dolencia común, en la falta de común-unión, comunión, y poner los medios para superarla con una firme voluntad y una opción fundamental por la unidad pase lo que pase. Pero ¿cómo estar seguros de lograrlo?

Dice Ortega en sus Sencillas reflexiones lo siguiente: tengamos una sublime lealtad: declaremos que no podemos señalar con exactitud el lugar de nuestro mal, y que, como decía Heine, nos quejamos de dolor de muelas en el corazón. En esta tierra, donde sinceramente somos cada uno enemigo de los demás, nadie encuentra su enemigo particular.

Una peculiaridad del dolor de muelas es que no se percibe claramente en la zona del problema. Por lo general, se siente que el dolor proviene de otra área: Es sistemático. La genialidad de aplicarlo como símil a los sufrimientos morales no tiene desperdicio, y no se le atribuye a Ortega y Gasset sino al alemán Heine, que desconozco en qué contexto lo dijo. En todo caso, en esta tierra nuestra, en nuestra organización política, la frase viene como anillo al dedo. Sentimos un malestar, una sensación de injusticia y, por ello, caemos en enemistad; nos encontramos faltos de confianza, nos defendemos de cualquiera que se nos acerca... pero no alcanzamos a reconocer que la única raíz del problema está en cada uno de nosotros, y en todos como sociedad. Nos desembarazamos de las causas, sólo nos sentimos víctimas y creemos en soluciones inmediatas, divisionistas.

Lo más peligroso es cuando, debido a la desorientación causada por el dolor, extraemos un diente sano por no haber hecho un buen diagnóstico y reaccionar con precipitación. En la vida política se nota esta actitud por la tiradera de flechas condenatorias: "es aquí, es allá", "fuiste tú", "te equivocaste", y así sucesivamente. Uno de los peligros del pragmatismo es que lo reduce todo a táctica, a estrategia, a método. Si la cosa sale mal, si falla el plan, entonces adviene la catástrofe: hay que señalar al culpable.

Convenzámonos de que estamos atravesando las horas de la "sublime lealtad" de la que hablaba Ortega. Sólo la unidad es el camino para extraer la muela cariada, y el remedio para proteger a los demás miembros sanos. El respeto a la pluralidad, la colegialidad en las decisiones, el acatamiento y el acuerdo aun a costa del desprendimiento de algunos intereses particulares, es la única vía para garantizar el equilibrio político de la liga socialcristiana que debemos construir. Si comenzamos a descartar partes, si lo reducimos todo a maniobra coyuntural, a la vuelta de la esquina estaremos igual, con el mismo dolor de muelas que nos aqueja hoy. Venzamos el mal primero en cada uno de nosotros.

Con renovada insistencia, el Papa Francisco habla de la cultura del descarte, y se ha referido también a cómo afecta a las personas mayores. Con lógica del descarte consideramos que solo lo nuevo, lo joven, lo novedoso sirve. Los abuelos, nuestros predecesores en los ideales, tienen en sus manos el tesoro de la memoria, de la experiencia, de la ponderación. La memoria genera raigambre, alimenta el sentido de pertenencia y da solidez a cualquier proyecto. Dicen que el apóstol predilecto era el joven san Juan, sin embargo, no fue la cabeza de la Iglesia sino el mayor de ellos que fue san Pedro. No por la edad, sólo, sino tal vez por aquella contestación tajante que en momentos de deserción se atrevió a proferir: ¿A quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Mientras que a los jóvenes se les presenta un panorama de oportunidades y caminos sucedáneos, los mayores nos preceden en la convicción de las pocas cosas necesariamente imprescindibles para conseguir los fines que nos proponemos. A ellos les debemos el mayor afecto, dilección, respeto y consideración. Les debemos obediencia y también asistencia en aquellos aspectos en los que puedan mostrar mayor debilidad. Valerse de las limitaciones de una persona mayor para conseguir fines políticos torcidos y personales es un claro ejemplo de crasa deslealtad en un militante.

Del proyecto del bienestar al proyecto del bien común


Es evidente para todos, no hace falta ahondar en descripciones, el fracaso de la revolución socialista del siglo XXI, que coronó los vicios del capitalismo rentista venezolano. El fracaso no ha sido producto de la desatención de las leyes del mercado o de la economía, únicamente, sino también del derrumbe ético y profesional de la política. Hay quienes confunden los fines del Estado con los de la economía, y los de la economía con los del mercado. Pero es en realidad la falta de hombres de estado serios, estadistas comprometidos, responsables, decididos a erradicar vicios administrativos de larga data en nuestro país, la verdadera causa de la ruina económica e institucional que padecemos. Por eso, a estas alturas del partido conviene mirar más allá del desastre y preguntarnos ¿qué queremos para Venezuela? ¿Qué sistema debemos implementar? ¿Cuál es nuestro norte y cuáles son nuestros fines?

Antes de responder, convengamos en que el principio de autoridad es fundamental para la unidad del proyecto que debemos construir. Autoridad que no es asunto de mínimas concesiones sino de máximas condiciones. No es cuestión de negociar privilegios: “te concedo esto, tú me concedes lo otro”, “mi proyecto sirve mientras no choque con el tuyo”. Las condiciones para la máxima autoridad no son pasajeras, ni coyunturales, ni mínimas: responden a un gran proyecto de nación anclado en la búsqueda y consecución del bien común de la sociedad, en su máxima expresión posible, lo que exige promover y fomentar, en primera persona, valores concretos como la solidaridad, la subsidiariedad, la participación, la responsabilidad, la mesura, y muchos más.

El bien común no puede depender del Estado simplemente porque no está en sus manos concederlo. Por eso requiere de un liderazgo responsable y de ejemplaridad pública capaz de mover a los ciudadanos a la búsqueda de un bien común integral, ante el cual todos tenemos una responsabilidad inexcusable. Si bien el desarrollo de los pueblos responde al deseo de progreso de sus ciudadanos, el subdesarrollo también nos interpela directamente como poco idóneos para vivir en sociedad: el pueblo hambriento reclama con toda razón a la clase opulenta, a los egoístas, a los despilfarradores, a los indolentes, sobre todo si éstos ocupan cargos de poder.

El modelo del llamado estado de bienestar ha degenerado en una desigualdad creciente. Se dice que en poco tiempo el 1% de la población mundial será más rica que el 99% restante. Para llegar a tal desigualdad no hizo falta que unos trabajaran mucho y otros se echaran a dormir: El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de que pueda resultar un desarrollo realmente humano decía el Papa emérito Benedicto XVI. La inequidad social es un problema ético que exige la revisión de un modelo económico de producción, distribución y mercadeo que no ha logrado detectar a tiempo sus posibles vicios y su intrínseca corruptibilidad; no se ha ocupado de la conciencia sino sólo de la capacidad productiva e ilustrada de la inteligencia. Por eso, algunos pensadores coinciden en que las aspiraciones éticas del individuo actual han entrado en un período de crisis, desatado por la desilusión ante el famoso proyecto, conservador y liberal, conocido como welfare state o sociedad de bienestar. Resumiendo las grandes líneas de evolución de este proyecto socio-político, podemos decir que las premisas del welfare state son las siguientes:

1. El estado contemporáneo reconoce que la libertad individual es el valor absoluto y supremo por el que ellos deben velar y custodiar.

2. El Estado reconoce que la libertad se mueve hacia la búsqueda del bienestar individual, con lo cual, los gobiernos se comprometen a facilitar al ciudadano, mediante la buena administración de los recursos  fiscales y una buena red de instituciones asistenciales, todo aquello que contribuya a su propio bienestar.

3. El welfare state apuesta por la libertad de expresión y de información. Es lógico que un sistema que favorezca la libertad se comporte de esta manera. Es mediante el conocimiento y la información como se refuerza la libertad individual. El aislamiento y la desinformación son las armas del totalitarismo.

Ahora bien ¿por qué el estado de bienestar ha entrado en crisis si sus presupuestos parecen ser correctos y adecuados a la estructura de la persona? Sin duda, el reconocimiento de la libertad como principio del obrar bueno y recto resulta esencial. De hecho, si hablamos de ética o de moral debemos hacerlo en primera persona, pues no se trata de una teoría sino, principalmente, de unas prácticas y modos de obrar.   La crisis viene dada por otro factor que es anterior a las premisas que se han expuesto. Se trata del paradigma individualista que lo sostiene:

1. El Estado reconoce que la libertad de tener y de satisfacer los deseos de éxito individual, bienestar económico y poder, es el valor absoluto y supremo por el que ellos deben velar y custodiar. La libertad se concibe como un derecho individualista amenazado por las libertades ajenas.

2. El estado reconoce también que la libertad se mueve hacia la búsqueda del bienestar material individual, con lo cual,  gobiernos se comprometen a multiplicar los recursos materiales que son limitados. Por eso, la mayoría de las veces sus propuestas se quedan en promesas. Las aspiraciones materiales de los individuos siempre exceden las posibilidades de la sociedad de bienestar, entre otras cosas porque el bienestar material nunca otorga el máximo de felicidad.

3. El welfare state apuesta por la libertad de expresión y de información, pero, como dice igualmente Alejandro Llano: "Lo característico de tal configuración social es que las transacciones decisivas se producen entre poder y dinero, dinero e influencia, influencia y poder. No es extraño que de manera más habitual que consciente los jóvenes, que comienzan desde temprana edad a descubrir la índole descarnada y cínica de ese entramado, sientan escaso aprecio por él y teman su integración en un ambiente social poblado por ese tipo de personas que, a comienzos del siglo XX, el sociólogo alemán Max Weber anticipó que sean especialistas sin alma, vividores sin corazón" (Claves para educar a la generación del yo, on-line).

Frente al egoísmo humano, el pragmatismo tecnocrático queda desarmado. Resulta incapaz de mover las voluntades humanas. Sólo el humanismo, de cuño cristiano, puede poner a las personas frente a lo verdaderamente bueno y justo; brinda luces para que vislumbrar, objetiva y claramente, los fines políticos. La formación humanística hoy en día enfrenta enormes desafíos. Por un lado, la base humana y familiar sobre la que se construye la personalidad de un socialcristiano se ha venido debilitando hasta el punto de estar casi extinta. Por otro lado, las coordenadas éticas del hombre de hoy también han desaparecido prácticamente. Cuando hablamos de coordenadas éticas nos referimos al análisis de los factores que influyen en la percepción hodierna del bien y del mal. Frente a este panorama desolador de ausencia de principios y de preparación, de relativismo, de escasez de conciencia y de falta de formación en los aspectos más básicos de la condición humana, la liga socialcristiana debe declarar la emergencia formativa, causa y principio de la emergencia política, y poner todos los medios para mejorar cuantitativa y cualitativamente la formación del militante y el dirigente.

Con particular asombro miramos la laxitud con la que algunos andan en política; también hombres y mujeres que se jactan de ser socialcristianos, al tiempo que difunden y suscitan cualquier cantidad de vicios sociales. Corrupción administrativa, negocios de dudosa procedencia, complicidad con la mediocridad, mentiras, pornografía, y pare de contar. Con cuánta facilidad hablamos de tener contratos con éste o con aquel farsante. Si el pueblo que votó por ellos los conociera, los vomitaría de su boca. El problema es que esas acciones individuales deslegitiman la democracia en su totalidad. A Hanah Arendt le debemos ese importante descubrimiento ético que asegura que ningún mal es banal.

Convenzámonos de que nuestro proyecto debe nadar a contracorriente. Mantengamos la firme convicción de que nuestro camino lo marca el principio de Auctoritas basado en la honorabilidad de quienes encarnan la máxima moral, la sana orientación de los obispos de Venezuela, los referentes éticos de nuestro tiempo. El proyecto del bien común, contrario al conservador estado de bienestar, se mantiene siempre joven, inconforme, rebelde, en continuo estado de crecimiento y rectificación, en su mejor momento, en plenas condiciones de dar un salto cualitativo y no sólo cuantitativo de tener, tener y tener, sino de ser mejores hombres y mujeres de esta patria soberana. En palabra de los obispos de Venezuela: Anhelamos ser un pueblo identificado con el respeto a la dignidad humana, la verdad, la libertad, la justicia y el compromiso por el bien común.

Con particular claridad, el Papa Emérito Benedicto XVI sintetizaba las claves para una sana concepción de la libertad individual: El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana. Los mesianismos prometedores, pero forjadores de ilusiones, basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición. Esta falsa seguridad se convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona. Debemos concebir la libertad individual como camino de auto-superación, crecimiento y donación, con una visión trascendente de la persona llamada a alcanzar fines espirituales y no solo materiales. Entre los fines trascendentes resaltan los valores de caridad, justicia y solidaridad que se involucran y exigen mutuamente en la vida social.

Frente al país: una propuesta


Esta carta no pretende ser un plan de gobierno, sino un exhorto a la renovación ética de nuestra organización política para que renazca de sus valores perennes enraizados en el Evangelio y en la tradición cristiana. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar un documento que antecede estas líneas, producido por la institución de políticas públicas que lleva nuestra impronta socialcristiana, el IFEDEC, acompañados de las fundaciones Alberto Adriani y Casa Arturo Úslar Pietri.

"Frente al 2016" plantea la necesidad de convocar al país para plantear una visión compartida de la crisis y sus posibles soluciones. Sus postulados son esenciales y abarcan los puntos neurálgicos de un programa de gobierno. Pero para convocar al país, primero debemos unirnos nosotros. Sin la liga socialcristiana no será posible avanzar en los objetivos claros y humanísticos que plantea el documento avalado por el IFEDEC y por ambas fundaciones:

a)    Fortalecer las instituciones democráticas
b)   Reactivas la producción nacional y el empleo
c)    Desarrollar un amplio programa social
d)   Promover una política de reconciliación nacional

Por eso, mi llamado es a que nos unamos y nos convoquemos en torno a esta propuesta a la Nación. En el camino podrán surgir nuevas luces, sugerencias, prioridades, etc., pero partamos de lo hecho porque el País no puede esperar. Renovemos nuestra capacidad de diálogo y nuestros deseos de remar en una misma dirección. Hagamos este máximo sacrificio por el país, y éste nos lo pagará con creces.

Termino con un deseo del Papa Francisco que encabeza el documento "Frente al 2016": Los aliento a reanudar un camino común por el bien del país, reabriendo espacios de encuentro y de diálogo sincero y constructivo.

¡Que Dios nos bendiga, nos llene de luces, ánimo y afecto por nuestros ideales socialcristianos, más vigentes y necesarios que nunca!



Mercedes Malavé

Caracas, 14 de febrero de 2016. Día de san Valentín, patrono de la amistad.





[1] Así lo dice el decreto Unitatis Redintegratio sobre el ecumenismo: “División que abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo” (Concilio Vaticano II, documentos). Escribo estas líneas mientras presencio el histórico encuentro entre su Santidad el Papa Francisco y el Patriarca ruso ortodoxo Kiril en La Habana, Cuba. Un gesto de unidad.

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